Héctor Barberá es oriundo de Dos Aguas, un pequeño pueblo perdido en la orografía valenciana. Procedente de un pueblo sin semáforos, con apenas 400 habitantes, y en un ambiente bucólico, lo extraño era no encontrar algún quehacer vinculado a las motos y a la montaña. Héctor era un apasionado de las bicis, y cuando contaba con cuatro años de edad, apareció una Derbi Rabasa de 50cc en su casa, pero curiosamente no era para él, sino para sus hermanas, ambas mayores. Quedó en una anécdota para ellas, en cambio Héctor sí le dio uso, y desde entonces no bajó de su montura.
Sus padres se dedicaban a la hostelería, con lo que no podían atender sus exigencias de salir a montar a diario, así que Héctor instaba a su tío, apasionado al trial, a que le acompañara montaña arriba. A los seis años pasó a estar federado en el campeonato territorial valenciano de trial, y debutó en Cullera, una carrera que recuerda divertida pero con muchas caídas. Enrolado en el trial a nivel autonómico, a los ocho años consiguió su primer podio con una Mecatecno 50 de marchas, y a los nueve cambió a la categoría de 80cc. Sin recursos, la solución pasó por trucar aquella Mecatecno y exprimirla hasta los 80cc.
Habiendo terminado tercero tres años consecutivos en las categorías de alevines y juveniles (1995, 96 y 97), por fin en 1998, a la edad de once años, se proclamó campeón territorial de trial, a lomos de una Beta de 125cc. Al año siguiente, en 1999, por fin dio el salto a la velocidad, que combinó con el trial. Héctor se dio cuenta pronto de que pese a proceder de la montaña, lo suyo, en lo que a motos se refería, era el asfalto. El ’99 fue un año de mucha acción para el de Dos Aguas, que siguió competiendo en el campeonato territorial de trial, quedando subcampeón pese a perderse algunas carreras. Y también participó en la Fórmula Airtel de la Comunidad Valenciana, y en el campeonato nacional Caja Madrid, ambos en la categoría de 50cc. Finalizó el año en cuarta y séptima posición respectivamente.
En el 2000 aparcó su moto de trial definitivamente, y se consagró a la velocidad, corriendo nuevamente la Fórmula Airtel a nivel autonómico, en la que se proclamó campeón, y el campeonato nacional Caja Madrid, donde fue cuarto. En 2001 la carrera del piloto valenciano comenzó a tomar tintes profesionales, ya que ganó la Fórmula de Campeones Bancaja de 125cc. Y además tuvo la oportunidad de tomar la salida en tres pruebas del CEV; Valencia, Jerez y Jarama. Tanto en Valencia como en el Jarama se cayó, y en Jerez sufrió una avería mecánica. Poco bagaje para un piloto que apuntaba a ser la nueva estrella del motociclismo valenciano.
Jorge Martínez “Aspar” confió ciegamente en él, y en 2002 le dio la oportunidad de competir en el Campeonato de España de Velocidad, y en el Mundial de 125cc simultáneamente. Héctor devolvió la confianza depositada en él, siendo claro vencedor del CEV, y cerrando la temporada de su debut mundialista en una meritoria decimocuarta plaza. Nuevamente, “Aspar” contó con sus servicios en 2003, ya que veía en Héctor a su posible sucesor.
El joven piloto de Dos Aguas siguió con su escalada hacia el éxito, y en su segundo año mundialista, con tan sólo 16 años, fue el tercer mejor piloto de la parrilla de 125cc. Sellando su primer podio en Assen, y su primera victoria un gran premio después, en Donington Park. A esa temporada le acompañaron otra victoria en Motegi, y un tercer puesto en casa, en el Circuito Ricardo Tormo de Cheste.
En 2004, siempre con la Aprilia de 125cc, pasó a engrosar las filas del Seedorf Racing Team, y se proclamó Subcampeón del Mundo de la cilindrada pequeña. Su mayor gesta, que pasó a los anales de la historia del motociclismo valenciano, fue la victoria en Cheste, en la prueba de cierre de la temporada. Héctor ostenta desde entonces, el privilegio de ser el primer valenciano, en pisar el puesto de honor más alto en su propia casa.
La temporada siguiente (2005) ascendió de categoría y, enrolado en el equipo Honda Fortuna, saldó la temporada de su debut en 250, con un noveno puesto en la general del campeonato. En 2006 continuó en el mismo equipo, pero esta vez disponiendo de una Aprilia. Su primera victoria no se hizo esperar, y en China subió a lo más alto del podio. A éste, le siguieron otros podios, pero su excelente trayectoria se vio truncada por una desdichada caída entrenando con su bici de montaña. Se fracturó la muñeca derecha, viéndose obligado a perderse tres carreras.
2007 fue un año de cambios, y Héctor pasó a defender los colores del Team Toth Aprilia, pero desafortunadamente la campaña no fue todo lo prolífica que se esperaba, ya que todas las miradas le señalaban a lo más alto de la cilindrada de dos y medio, y “sólo” pudo ser quinto. En 2008 volvió a la carga con el mismo equipo, y sí rindió al máximo nivel, pero se fracturó tres vértebras en una espantosa caída en el Circuito de Motegi, y tuvo que concluir el año cuatro grandes premios antes de lo previsto.
Después de una larga y laboriosa recuperación, en 2009 dio carpetazo a su aventura en el Team Toth, y se enfundó el mono del Team Pons. En su última temporada en el cuarto de litro antes de escalar a MotoGP, por fin se destapó como el gran piloto que es, puntuando en todas las carreras, firmando cuatro poles y tres victorias, la última de ellas en Valencia, erigiéndose como el último vencedor de la ya obsoleta categoría de 250cc.
En el test de MotoGP posterior al Gran Premio de la Comunidad Valenciana, el joven valenciano apuntó maneras sobre la Ducati Desmosedici, y concluyó las tres jornadas como el mejor debutante en pista. Su diligencia sobre la moto transalpina ha cautivado a los ingenieros de la fábrica de Bolonia, que ven en él a una joven promesa con futuro.
Manifiestamente abierto a la hora de discutir y aprender sobre todo lo que envuelve al mundo del motor, Héctor se confiesa tímido en el plano personal, cuando está fuera de los circuitos. No obstante, para él, el motociclismo no es sino otra manifestación de arte, por lo que a la hora de gobernar su moto deja la timidez a un lado, encontrando una vía de expresión a toda la calidad que emana de él. Algo despistado y anárquico, es un enamorado del deporte en todas sus vertientes, pero también enemigo confeso de la rutina, de la que huye a la hora de entrenarse.